martes, 13 de abril de 2010

La fe reafirmada (Daniel Iglesias - Néstor Martínez)

La fe reafirmada
Razón y religión según la doctrina católica

Ing. Daniel Iglesias Grèzes – Lic. Néstor Martínez

El semanario uruguayo de izquierda Brecha, en su nº 1.271, de fecha 31/03/2010, páginas 10-11, trae un artículo de Daniel Vidart, titulado “Fe, creencia, credulidad”. Allí el autor, tomando la posta de la rancia tradición jacobina uruguaya, arremete decididamente contra la Iglesia Católica, pretendiendo demostrar el carácter absurdo e irracional de la fe católica. Nos proponemos refutar sus dichos.

1. Argumentos iniciales

Al comienzo de su artículo, sin preámbulo alguno, Vidart presenta tres argumentos contra la fe católica. A continuación los citaremos con letra itálica, intercalando nuestros comentarios en letra normal.

“Existen, desde los puntos de vista lógico e histórico, contradicciones inexcusables en los cuatro evangelios, por más que los teólogos –ya los piedeletristas acérrimos de la vieja guardia, ya los hermeneutas ilustrados de la nueva- las omitan, tergiversen, adornen u orillen”.

El autor replantea anacrónicamente viejos problemas (la “cuestión sinóptica” y la “cuestión joánica”, enmarcadas en la más amplia “cuestión bíblica”), discutidos por los exegetas durante siglos y resueltos definitivamente en el ámbito católico hace más de 60 años. Habiendo superado los intentos concordistas que predominaron en la exégesis católica de principios del siglo XX, la actual doctrina católica no omite, ni tergiversa, ni adorna, ni orilla las diferencias de detalle entre los cuatro Evangelios, sino que las explica, sin renunciar al valor histórico de los Evangelios ni a la fe católica en la inspiración e inerrancia de la Biblia. Para no desarrollar aquí la respuesta católica a esas cuestiones, recomendamos la lectura de la constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II. Se acepta hoy unánimemente que los Evangelios no son biografías de Jesús al estilo moderno y que los evangelistas no procuraron describir con exactitud periodística los detalles cronológicos, topográficos, genealógicos, etc. de la vida de Jesús. Más aún, los teólogos católicos sostienen que las divergencias de detalle entre los cuatro Evangelios, unidas a su convergencia sustancial, constituyen un fuerte argumento a favor (y no en contra) de su historicidad. Se percibe así la existencia de un testimonio múltiple de los mismos acontecimientos, transmitidos por medio de diversas tradiciones, que los redactores de los Evangelios respetaron aún en sus detalles divergentes.

“De más está decir que los relatos de segunda o tercera mano recogidos por los evangelistas y escritos mucho después de la muerte de Jesús constituyen, junto con las inteligentes e inflamadas epístolas de Pablo, que los precedió, la columna dorsal del Nuevo Testamento.”

Aquí el autor sugiere que los evangelistas tuvieron como base solamente “relatos de segunda o tercera mano”, sin precisar el papel que la tradición, inicialmente oral, tenía en la comunidad primitiva, y el control que esta tradición tenía en la autoridad de los Apóstoles y sus sucesores, dado el carácter jerárquico de la comunidad cristiana primitiva (dentro de la cual y para la cual escribían los Evangelistas), que salta a la vista en el Nuevo Testamento; tampoco tiene en cuenta que algunos de los Apóstoles vivían aún cuando fueron redactados los Evangelios y gozaban de la máxima autoridad en la Iglesia por su mismo carácter de testigos presenciales de los dichos y hechos de Jesús.

Estudios papirológicos y exegéticos recientes (por ejemplo, los del luterano Thiede, el anglicano Robinson y los católicos O’Callaghan, Carmignac y Tresmontant), en perfecto acuerdo con la más antigua tradición católica, desmienten esta tendenciosa descripción del autor, que pretende restar valor histórico a los Evangelios. Por ejemplo, han demostrado que el papiro 7Q5, que contiene un texto del Evangelio de Marcos, es del año 50, y que los papiros P64 y P67, que contienen textos del Evangelio de Mateo, son del año 60. Estos descubrimientos representan un duro golpe a las teorías sobre el origen mitológico del cristianismo. La formación de un mito requiere, entre otras cosas, bastante tiempo, un tiempo que no puede haber existido si, como sostiene la tradición católica desde siempre, los Evangelios sinópticos fueron compuestos mientras aún vivían San Pedro y los demás apóstoles, testigos oculares de los acontecimientos de la vida de Jesús. San Pablo no fue “el inventor de Cristo”, como sostiene luego Vidart, apelando a un lugar común de cierta crítica anticristiana, sino que fue, como dice el mismo Pablo, el último de los apóstoles, que transmitió a sus discípulos la sagrada tradición que él mismo recibió de los primeros apóstoles (cf. 1 Corintios 15,1-11).

“Los evangelios sinópticos de Lucas, Mateo y Marcos, a los que se suma el poderoso aliento místico del de Juan, fueron canonizados luego de una cerrada votación en el Concilio de Nicea (325). Dicho concilio determinó que el 25 de diciembre, fecha del nacimiento del Solis Invictus (el Mitra iranio), celebrado en pleno solsticio de invierno, sería la fecha, hasta entonces desconocida, del nacimiento de Jesús. Hubo muchas más resoluciones. Entre ellas, el descarte de otras decenas de evangelios, luego condenados como apócrifos. El concilio estuvo plagado de intervenciones del espíritu santo, súbitos milagros y ruidosos derrumbes.”

Después de leer este sorprendente párrafo, uno sospecha que Vidart debe de haber aprendido historia de la Iglesia en “El Código da Vinci” de Dan Brown (novela sin ningún valor histórico ni teológico). No hay nada cierto en lo que Vidart atribuye aquí fantasiosamente al primer Concilio de Nicea. En este artículo de la Enciclopedia Católica se puede encontrar una buena descripción de los temas tratados realmente en ese Concilio.

El autor continúa:

“No es momento de detallar aquellos singulares sucesos que forman parte del acervo sobrenatural, celosamente preservado por la santa madre Iglesia”.

Lamentablemente ello nos deja sin posibilidad de averiguar a qué singulares sucesos sobrenaturales se refiere porque, en este caso al menos, parece que el celo por preservarlos no ha sido tan grande, como puede verse por el citado artículo de la Enciclopedia Católica.

2. El objetivo principal

Después de la referida introducción, Vidart confiesa que su artículo fue inspirado por algo que leyó en el suplemento literario del diario “El País”:

“Al comentar una obra, en la cual se demostraba con abundancia de citas las contradicciones existentes en los evangelios canónicos del Nuevo Testamento y la semejanza de la vida, muerte y resurrección de Jesús con las de los dioses solares del Oriente, el autor de la recensión expresó lo siguiente: “Pero lo que más puede reprocharse (…) es la idea de que las distintas corrientes cristianas les exigen todavía a sus fieles creer que ambos relatos (los evangelios de Mateo y Lucas) son verdad en los hechos, pese a su incongruencia (y que Jesús nació de veras un 25 de diciembre). Hay fanáticos ciegos, es cierto. Pero también hay creyentes cultos y razonables, que saben la diferencia entre fe y credulidad.””

Aquí tenemos que distinguir a tres interlocutores distintos:
· La obra comentada maneja (al parecer) dos argumentos contra la fe cristiana: el primero (ya refutado aquí) está basado en las “contradicciones” entre los cuatro Evangelios; el segundo identifica a Cristo con los mitos solares orientales. No es posible responder aquí detalladamente a este argumento. Baste decir que los partidarios del origen mitológico del cristianismo han propuesto una infinidad de teorías incompatibles entre sí y con los hechos conocidos (como el martirio de San Pedro y San Pablo en Roma, en testimonio de la verdad del Evangelio de Cristo). Además, difícilmente se pueda encontrar semejanzas relevantes entre esos mitos y, por ejemplo, el sermón de la montaña, la parábola del hijo pródigo o el lavatorio de los pies.
· El crítico de “El País” sensatamente señala dos burdos errores en la obra comentada por él. No es verdad que la fe cristiana exija creer, por ejemplo, en la exactitud histórica objetiva de las genealogías de Jesús según Mateo y según Lucas; y también es falso que esa fe exija creer que Jesús nació realmente un 25 de diciembre. El simple hecho de que, desde la antigüedad hasta hoy, la Navidad se celebre pacíficamente en Oriente el 6 de enero basta para demostrar que la fecha de la Navidad no es un elemento esencial de la fe cristiana.
· A Vidart le llamó la atención (se diría que le molestó) la distinción que el crítico de “El País” hizo entre “fanáticos ciegos” y “creyentes cultos y razonables”. El resto de su artículo va a estar destinado a probar que esa disyuntiva no existe, porque la fe cristiana es necesariamente ciega e irracional. Según Vidart, el “creyente razonable”, en la misma medida en que es razonable, deja de creer. Antes de revisar sus argumentos, dejamos constancia de que la distinción indicada es imperfecta, porque lo contrario a una fe razonable es una fe irracional, no el fanatismo religioso, que es algo muy distinto: el celo desmedido en la defensa de la propia fe, llegando incluso (a veces) al intento de imponer a otros la propia fe por medios violentos. Se puede sostener una fe en sí razonable fanáticamente o sin ningún fanatismo; y también se puede sostener una fe irracional con o sin fanatismo.

3. El argumento principal

En primer término Vidart se esfuerza por definir la fe. Comienza citando (incorrectamente) la anónima Carta a los Hebreos, la que atribuye a San Pablo, atribución que hoy no admite casi ningún exegeta. Luego Vidart dice que Hebreos 11,1-3, en la versión de Nácar y Colunga, “capciosamente… empareja la fe con el conocimiento y… le otorga la validez de una “prueba””. Vidart incurre aquí en una petición de principio, dando por cierto lo que se proponía probar.

A continuación Vidart cita la definición del término “fe” según varios diccionarios, con suerte variada. Dado que lo que se proponía Vidart era demostrar la irracionalidad de la fe católica, debería haber utilizado la noción de “fe” empleada por la doctrina católica, mal representada por esos diccionarios.
Por ejemplo, Vidart cita a un diccionario soviético que define falsamente la fe como la “aceptación gratuita de la veracidad de tal o cual fenómeno” y que enseguida añade (también falsamente) que “la fe ciega en lo sobrenatural… constituye una parte componente de toda religión. En este sentido la fe no se diferencia de la superstición. La fe religiosa se halla contrapuesta al saber”.
El solo hecho de acudir en este tema a un diccionario ideológico y partidista como es el de Iedin y Rosenthal, verdadero catecismo marxista-leninista ordenado alfabéticamente, es ya sorprendente. Véase cómo parten de la base de que la fe en lo sobrenatural sólo puede ser “ciega”. No es ése el tono de una enciclopedia que al menos aspire a cierta objetividad. Al leer estas citas, resulta inevitable evocar la memoria de los cientos de miles de cristianos asesinados por el régimen soviético por odio a su fe cristiana.
Comenta Vidart: “No son del todo idénticas la religión y la superstición, pero sí osmóticas”.
Esta metáfora insinúa que entre la religión y la superstición no hay fronteras claras. Otra afirmación gratuita del autor.

Más adelante, Vidart confiesa lo siguiente: “No soy filósofo, pero me rechinan los términos “conocimiento” y “verdades”.” Vidart no aclara si esos términos le rechinan de un modo absoluto o sólo en este contexto particular, referidos a la fe religiosa. En función de otras cosas que dice Vidart, supondremos que la segunda alternativa es la aplicable en su caso.

Vidart prosigue repitiendo insistentemente su tesis, pero sin probarla: “Los dogmas, sean el judío, el cristiano o el musulmán, no demandan conocimiento sino fe cerrada, creencia indiscutible, acatamiento absoluto, aceptación irracional.”

Es claro que esta proposición no describe correctamente la concepción católica de la fe.

Continúa Vidart: “Tomás de Aquino quiso conciliar la fe con la razón. Nunca me han convencido sus argumentos, que a mi juicio son escolásticas demostraciones de un hábil equilibrista.”

Aquí Vidart descalifica globalmente la genial síntesis tomista sin dar ningún argumento concreto, indicando sólo su impresión subjetiva: a él (Vidart) no le convencen los argumentos de Tomás.

Luego Vidart intenta presentar su teoría del conocimiento: “La verdad… requiere una demostración, tanto en el área del saber vulgar como en el del científico, fundamentado este último en el método experimental. Hablo de las ciencias duras, las propiamente dichas. El saber científico avanza y persuade en tanto que reconoce su falibilismo (Popper) y perfecciona paulatinamente sus paradigmas (Kuhn).”

Es falso que toda verdad necesite ser demostrada para ser reconocida como tal. Ya Aristóteles enseñó que el que quiere demostrar todo, no puede demostrar nada. Y añadió que querer demostrarlo todo es signo de falta de cultura. El edificio del conocimiento descansa sobre los cimientos de las verdades evidentes: los primeros principios del pensamiento y los datos de los sentidos. A partir de esas verdades, que ni pueden ni necesitan ser demostradas, porque son evidentes, el ser humano deduce sus demás conocimientos.

Por otra parte, ni la epistemología de Popper ni la de Kuhn permiten discernir un avance o perfeccionamiento en la ciencia. Popper dice que la ciencia nunca puede demostrar que una teoría científica es verdadera, pero sí que es falsa. Esto contradice el aserto de Vidart acerca de que “la verdad... requiere una demostración, tanto en el área del saber vulgar como en el del científico”. Por otra parte, la demostración de la falsedad de una tesis equivale a la demostración de la verdad de la tesis contraria. Además, Popper no puede garantizar que la siguiente teoría científica será mejor que una anterior, ya descartada como falsa. En cuanto a Kuhn, él habla de una sucesión de paradigmas científicos, sin que pueda demostrarse que esa sucesión sigue una línea de avance o progreso hacia una verdad más exacta o completa.

Vidart cita también la definición de fe de un diccionario de religiones: “en la terminología religiosa es el asentimiento firme que da la voluntad a una verdad basada sola y exclusivamente en la revelación divina.” Comenta Vidart: “aparece aquí el concepto de voluntarismo, imprescindible ingrediente de esta actitud del espíritu.”
Ni este diccionario ni Vidart toman en cuenta que, según la doctrina católica, la fe es un acto de la inteligencia, no de la voluntad, aunque ésta también interviene en el acto de fe, que es un acto libre. La inteligencia del creyente, por motivos racionales, se adhiere libremente a la verdad revelada por Dios, el Ser perfectísimo, que no puede ni engañarse ni engañarnos.

Este diccionario tiene al menos el mérito de resaltar un elemento central en la concepción cristiana de la fe, que es la revelación divina, al revés de otras citas que presenta Vidart, que caracterizan negativamente la fe como un saber que no es empírico ni es racional. Una definición negativa no es una buena definición. Por el contrario, la racionalidad peculiar de la fe aparece precisamente en que, si Dios dice algo, entonces eso que Él dice es máximamente digno de ser creído, ya que Dios, máximamente perfecto, no puede mentir ni equivocarse. Y no hay círculo vicioso, porque la existencia de Dios y su perfección se establecen por la razón, antes de toda fe religiosa, y el milagro, históricamente discernible, es la piedra de toque de la auténtica revelación divina, a la que entonces puede el hombre responder con la fe.

Vidart despacha las tradicionales pruebas de la existencia de Dios, que no apelan a la fe sino a la razón, decretando que son “escolásticas demostraciones de un hábil equilibrista”. Sería de agradecer, en los paladines de la “sola razón”, un gasto mayor de argumentación racional y menos definiciones “ex cathedra” sobre los puntos vitales de la discusión.

Otra cosa que falta usualmente en estos debates es la noción de “fe en general”, sin la cual sin embargo no se puede dar un paso en estos temas. Dicha noción no es simplemente aceptar algo porque alguien lo manda o, peor aún, porque sí, sin motivo alguno. Se trata por el contrario de dar por verdadero algo sobre la base de que quien lo atestigua es digno de fe, porque tenemos buenas razones para pensar que posee los dos atributos relevantes y fundamentales de “ciencia”, es decir, sabe de lo que habla, y “veracidad”, es decir, dice lo que sabe, no quiere engañar. Sobre estas dos bases, es claro que tenemos buenas razones para pensar que lo que la persona atestigua es verdadero. Por eso su testimonio es digno de fe.

La fe así entendida ocupa más del 90% de los conocimientos que entiende tener una persona culta, a no ser que alguien pretenda ser especialista en todas las ciencias y haber verificado las demostraciones de todos los asertos científicos sobre los que se basa la cultura moderna. La fe religiosa es el caso en que el que “testifica” es Dios mismo, haciéndose presente en la historia humana y manifestando esa presencia suya por signos que, por ser sobrenaturales, sólo pueden venir de Él.

Vidart reitera machaconamente su tesis, sin probarla, como si el mucho repetirla pudiera volverla cierta: “Y las supuestas “verdades” fundamentadas en la revelación divina, al margen de la comprobación humana, solamente son dogmas, credos, sistemas de canonizadas creencias en el más allá, en los poderes sobrenaturales de los dioses.”

En realidad, la única cuestión que vale la pena discutir aquí es si de hecho hubo o no una Revelación de Dios en la historia. En estos casos hay que comenzar por la cuestión de hecho, porque si hubo una Revelación, es razonable estar abiertos a la posibilidad de que lo que Dios nos diga cuestione algunos de nuestros prejuicios y nos haga cambiar algo de nuestra filosofía, pues es de esperar que Dios sepa más que nosotros respecto de esos temas. La “comprobación humana” del hecho de la Revelación puede que no caiga para estos casos dentro de las “ciencias duras”, que para Vidart son las únicas ciencias propiamente dichas. Pero las cuestiones más importantes de nuestra existencia personal, si bien exigen toda la “comprobación humana” de que seamos capaces, también caen fuera de las “ciencias duras”.

Pues bien, esa cuestión fundamental la despacha Vidart con decir que se trata solamente de dogmas, credos, sistemas canonizados de creencias, etc. Ésa es justamente la cuestión a discutir, y no obtenemos en realidad aquí más que una muestra de la profesión de fe de Vidart.

4. Digresiones

Su propia referencia a “los dioses” da pie a Vidart para cambiar de tema y pasar a negar, de un modo tosco, que el cristianismo sea una religión monoteísta: “Y que no se nos hable del monoteísmo cristiano. A la Santísima Trinidad –Dios trino y uno- semejante a la Trimurti indostánica y la egipcia, entre las otras estudiadas por Dumezil, se le suma el culto mariano y el planetario de los santos. Éstos, evidentes relictos paganos, tienen tal primacía que en Nápoles se les tiene por más poderosos que el Padre, el Hijo,… el espíritu santo…, las jerarquías de arcángeles y ángeles, y toda la cohorte celestial.”

Vidart interpreta aquí la Santísima Trinidad en la línea de la herejía triteísta, que obviamente se desvía del macizo monoteísmo cristiano. La existencia de remotas analogías entre la Santísima Trinidad y varios tríos de deidades hindúes o egipcias no prueba ni la falsedad ni la falta de originalidad del dogma trinitario, ni tampoco su carácter triteísta. El culto mariano no hace de la Virgen María una diosa; y el culto católico de los ángeles y de los santos no es politeísta, como Vidart propone falsamente.

Tampoco hay en el paganismo, como afirma Vidart, antecedentes del culto de los santos. Este culto no es un endiosamiento del ser humano, como era la “apoteosis” pagana (posible precisamente gracias al carácter politeísta de su contexto religioso), pues la fe de la Iglesia insiste en el carácter creado y humano de los santos, y en su distinción esencial y absoluta respecto de Dios y, por tanto, también respecto de Jesucristo, el cual es verdadero Dios y verdadero hombre.

Pero aquí, al menos, Vidart simula una “prueba”, al decir que en Nápoles a los santos se los tiene por más poderosos que a Dios. Vidart se guarda muy bien de precisar quién sostiene esa tontería en Nápoles: ¿El Arzobispo de Nápoles? ¿Algún teólogo napolitano? ¿O algún panadero de Nápoles?

Luego Vidart aporta los resultados de una encuesta de la agencia Gallup sobre la Biblia, realizada en Estados Unidos en 1996: “Confirmando el avance de las ideas antievolucionistas, que hoy instalan en colegios y universidades el regreso triunfal del creacionismo, un 46 por ciento de los cristianos aceptaba, a rajatabla, lo expresado en el Génesis: Dios creó el mundo, la vida y el hombre en seis días y al séptimo descansó”.

Es preciso aclarar que la fe cristiana en la creación no implica en absoluto una postura anti-evolucionista. Dios pudo crear las distintas especies de seres vivos tanto en forma fijista (creando directamente cada especie) como en forma evolutiva, haciendo surgir unas especies a partir de otras. No obstante, la fe cristiana sí implica un rechazo del evolucionismo materialista, por ser éste ateo.

Además, corresponde aclarar que la interpretación fundamentalista de la Biblia en general y de los relatos de la creación del Génesis en particular, aunque es practicada por varias comunidades protestantes, no tiene lugar dentro de la doctrina católica.

Más adelante Vidart hace otra digresión para esgrimir contra la fe católica el conocidísimo “problema del mal”. Según Vidart, los terremotos, las hambrunas, las guerras y otros males semejantes probarían que Dios no es bueno ni misericordioso. Él no toma en cuenta las sólidas respuestas católicas a esta clase de objeciones. Las hemos esbozado en otro lugar (véase allí el numeral 4). Añadimos aquí que no se ve por qué razón habríamos de preferir quedarnos con el sufrimiento pero sin esperanza de salvación, en lugar de intentar descubrir un sentido a nuestro sufrimiento. Quitar la esperanza a los que sufren (como intenta hacer Vidart, quien llama a los creyentes “ilusas criaturas, que… vanamente esperan clemencia en este mundo y salvación en el otro”) es la peor de las injusticias.

Por otra parte, esto nuevamente nos da la medida del talante dogmático del pensamiento de Vidart. Dejadas de lado la fe cristiana y la fe religiosa en general, en todo caso lo que correspondería sería decir: “no sabemos”. Pero Vidart sí sabe que no hay nada, que todo es ilusión, que no hay clemencia en este mundo ni salvación en el otro. Éste es otro ejemplo del credo vidartiano, que en este punto coincide con el venerable y antiguo credo materialista, absolutamente indemostrable por la razón.

De paso, al describir la vida de los cristianos, Vidart dice que “pecan sin cesar, aguardando ser absueltos…”. En esta descripción inexacta del combate moral y espiritual de la vida cristiana, se omiten muchas cosas esenciales: el auxilio de la gracia, el arrepentimiento, la conversión, etc.

5. El Credo apostólico

Luego de varias desprolijas digresiones, Vidart regresa a su cuestión principal: ¿cómo es la fe del cristiano razonable? En su descripción del “ilustrado hombre de fe”, Vidart vuelve a incurrir en caprichosas tergiversaciones, al decir, por ejemplo, que éste “laiciza los rituales o concurre muy de tarde en tarde a misa”.
O sea que, según Vidart, los católicos que vamos a Misa todos los domingos y no hemos perdido de vista que la liturgia es una acción sagrada quedamos automáticamente descartados como posibles “creyentes razonables”.
La fe de estos últimos, según el autor, debería ser “una fe a medias, una fe soft, posmoderna, complaciente, distanciada de la devoción…, no del todo convencida de la omnisciencia y omnipresencia de un dios…, desdeñosa de… lo milagroso, ajena a los inefables misterios del cristianismo”.
Es decir, no sería fe cristiana en absoluto.

En realidad, para el que cree lo que cree la Iglesia, no es nada razonable laicizar los rituales ni concurrir muy de tarde en tarde a Misa. La razón es una facultad que saca conclusiones de premisas dadas. Nada le impide a la razón sacar conclusiones de las premisas que sean; también puede hacerlo, por tanto, a partir de premisas de fe. Es claro que buena parte de lo que es razonable para el creyente no lo será para el no creyente, y viceversa: para el creyente no hay nada menos razonable que partir de la premisa de que no ha habido Revelación divina histórica o de que no puede haberla.

En “la hora de la verdad”, Vidart enfrenta a su hipotético “cristiano razonable” (que, en verdad, ni siquiera es cristiano) con el Credo o Símbolo de los Apóstoles, conservado al menos desde el siglo II por la Iglesia de Roma. Nos aclara “que existen flagrantes manipulaciones infligidas al Symboli Apostolici… Baste decir que el Dios pantókrator (el que todo lo domina y gobierna) fue transformado en Omnipotens (todopoderoso), que no es lo mismo.”

Si las “flagrantes manipulaciones” del Credo son de esta clase, los católicos podemos respirar tranquilos. De hecho “omnipotens” es una buena traducción de “pantókrator”. El Ser omnipotente o todopoderoso no puede ser otro que el gobernador del mundo entero, y viceversa.

Vidart reproduce íntegramente el Credo de los Apóstoles y luego conmina a su ““culto” creyente” a que “responda lealmente sí o no a lo escrito en este Credo”.
Se podría haber ahorrado este trabajo. ¿No sabe Vidart que la Iglesia Católica ya ha hecho esta misma pregunta a cada uno de sus fieles? El Credo de los Apóstoles es un símbolo bautismal, y cada cristiano ha dicho “sí” a ese Credo en el día de su bautismo y ha reiterado ese “sí” al menos anualmente, en cada vigilia pascual.

Luego Vidart dice que el Credo Apostólico “excede largamente todo lo dicho en las más fantásticas mitologías”, lo cual es cierto en un sentido distinto al pretendido por él.
El Credo cristiano, a diferencia de todas las mitologías, se basa en un personaje histórico perfectamente datable y localizable (no es de extrañar que la mención de Poncio Pilato en el Credo molestara mucho a Bultmann, el gran mitólogo alemán), en quien, de un modo totalmente inédito en la historia de las religiones, el único Ser Absoluto, Necesario y Eterno se encarna en el tiempo, para liberar a los hombres y hacerlos hijos suyos.

Aquí queda de manifiesto que el furor anticristiano de Vidart lo impulsa a acumular un argumento tras otro, sin preocuparse siquiera de que esos argumentos sean coherentes entre sí. Primero él trató de identificar a Cristo con los mitos solares de Oriente y a la Santísima Trinidad con tríos de deidades de la India y de Egipto; ahora, en cambio, reconoce que la fe cristiana es incomparable con cualquier mitología. Palos porque bogas, y porque no bogas palos.

Vidart prosigue su argumento de la siguiente manera: “Si el interrogado contesta que no,… no es cristiano… Si dice que sí, que asuma en consecuencia, y a fondo, lo establecido e impuesto por la santa madre” [Iglesia].
Quizás Vidart no se anima a ponerlo aquí tan claro, pero ya lo ha dicho antes con otras palabras: si el cristiano cree de verdad en su fe, no es razonable. Aquí agrega: si no cree, no es cristiano. Por lo tanto, habría que elegir: o se es cristiano, o se es razonable.

Vidart redondea su sofisma citando a Sam Harris: “Los hombres que cometieron las atrocidades del 11 de septiembre no eran “cobardes”…, ni eran unos lunáticos… Eran hombres de fe –y de una fe perfecta”.
O sea que el verdadero creyente no sólo no es una persona razonable, sino que es un fanático, alguien muy peligroso para la sociedad. De aquí al encierro de los creyentes en hospitales psiquiátricos no hay tanta distancia como podría parecer.

Pero si por “creyente” entendemos todo aquel que sostiene con gran convicción algo que no puede demostrar ni empírica ni racionalmente, entonces Vidart entra también, como vimos, en esa categoría, dado que su negación de la Revelación y de la salvación eterna no puede ser racionalmente demostrada y ciertamente no ha sido demostrada por él. De hecho, el talante con que Vidart aborda el tratamiento del tema no está lejos de hacer pensar precisamente en ese “fanatismo” que lo desvela tanto. Esperemos por tanto que no se llegue a la hospitalización de los creyentes, que se seguiría lógicamente de una interpretación radical de su postura.

6. Los casos de pedofilia en el clero

Hacia el final de su largo artículo, Vidart calumnia a la Iglesia Católica, al escribir que “los curas pedófilos [han sido] solícitamente puestos hasta hoy por la santa madre al margen de todo castigo divino o humano”.
La verdad es que la Iglesia Católica (comenzando por el Papa) ha hecho y sigue haciendo grandes esfuerzos para combatir la lacra de la pequeña minoría pedófila dentro del clero católico.

Vidart alega que esos curas “no padecerá(n) la ignominia de la excomunión”.
Omite considerar que la Iglesia Católica aplica sanciones a los sacerdotes pedófilos, incluyendo muchas veces la expulsión del estado clerical, y que la fe católica considera cada acto pedófilo como un pecado mortal, que obviamente impide la recepción de la santa comunión.

En la página 12, Brecha incluye una pequeña noticia sobre las recientes denuncias de antiguos abusos físicos o sexuales de menores por parte de sacerdotes en Alemania. Se cita un despacho de la cadena británica BBC, que intenta involucrar en el escándalo a Georg Ratzinger, hermano del Papa. En realidad, Georg Ratzinger no tuvo ninguna relación con esos abusos y los dos sacerdotes implicados murieron en 1984.

En la misma página, Brecha publica un artículo del Pbro. Paul Dabezies sobre los casos de pedofilia en el clero católico. Concordamos en sustancia con lo expresado por el Padre Dabezies en ese artículo, con algunas diferencias de matiz que pasamos a señalar:
· Dabezies dice que los casos de pedofilia en el clero y los errores de varios obispos en el manejo de esos casos afectan la credibilidad de la Iglesia. Creemos que aquí se debe hacer una nítida distinción: afectan la credibilidad de los hombres de Iglesia; no afectan la credibilidad de la religión católica.
· Dabezies dice que las grandes agencias de noticias están utilizando este escándalo para “hacer pagar a la Iglesia su rechazo y condena… a las criminales agresiones en Afganistán y dos veces en Irak.” Sin negar la influencia de este factor, sostenemos que el prejuicio anticatólico en Occidente tiene raíces mucho más hondas. Concretamente, habría que señalar también aquí la clara y valiente defensa que la Iglesia hace del derecho a la vida de todo ser humano desde la concepción hasta la muerte natural, y de la familia basada en el matrimonio entre un varón y una mujer, que choca frontalmente con las pretensiones y los planes de centros de poder que no están lejos ni del New York Times ni de la BBC.
· Dabezies dice que “entre las causas principales [de los casos de pedofilia en el clero] habría que buscar una muy deficiente educación en la sexualidad en la formación que se daba unas cuantas décadas atrás a los futuros sacerdotes.” De nuevo, sin descartar esto, creemos que el alejamiento de muchos sacerdotes (y seminarios) de la doctrina moral católica tradicional y la crisis del derecho canónico fueron factores de mayor peso en el incremento de estos casos durante la época post-conciliar.

Yendo ahora más allá de lo dicho por Vidart y por Brecha, queremos agregar dos consideraciones generales sobre el escándalo de los sacerdotes pedófilos.

En primer lugar, todos los católicos (comenzando por Benedicto XVI), estamos de acuerdo en condenar sin reservas la pedofilia y en combatirla enérgicamente, dentro y fuera del clero. Ninguno de nosotros trata de defender o justificar a los culpables. Esto contrasta con la hemiplejia moral de quienes condenan terminantemente las violaciones de derechos humanos cometidas por sus adversarios, pero se abstienen de hacerlo cuando esas violaciones provienen de su propio bando. Hay muchísimos ejemplos de esta clase de incoherencia, algunos de ellos muy recientes.

En segundo lugar, subrayamos que, pese a la desproporción entre la enorme atención prestada por la prensa mundial a los casos de pedofilia en el clero católico y la mucho menor atención prestada a otros casos semejantes y mucho más numerosos, el porcentaje de pedófilos entre los sacerdotes católicos no es mayor que el porcentaje de pedófilos en otros colectivos: pastores protestantes, rabinos, docentes, médicos, esposos, concubinos, etc. Sin perjuicio de nuestro absoluto rechazo a la pedofilia, los católicos denunciamos también la “indignación selectiva” de quienes tratan de explotar este triste escándalo con fines anticatólicos: por ejemplo, para restar credibilidad a la religión católica, para destruir la autoridad moral de la Iglesia Católica o para suprimir el celibato sacerdotal. Esta clase de maniobras espurias representan una segunda injusticia cometida contra las víctimas católicas de esos abusos.

7. La actitud de Brecha

El artículo de Daniel Vidart no sólo tiene escaso valor intelectual sino que evidencia el desprecio que el autor siente por la religión católica, a la cual trata de ridiculizar, por ejemplo, diciendo que “la paloma del espíritu santo (aquella que penetró por una oreja de María para fecundarla, como cuenta un evangelio apócrifo)”.
Es muy difícil dialogar con quienes no tienen un mínimo de respeto por las creencias religiosas ajenas.

Además, antes el autor trató de mostrar como una injusticia que la Iglesia haya “descartado” los evangelios apócrifos. Está visto que los que profesan las creencias de Vidart son personas difíciles de contentar.

El texto de Vidart y su contexto llevan a sospechar que Brecha, con el pretexto de la Semana Santa, está contribuyendo a la difusión del prejuicio anticatólico. El titular principal del nº 1.271 de Brecha es el siguiente:
“Miradas criollas en la Semana Santa
La fe cuestionada
· Razón y religión según el antropólogo Daniel Vidart
· Pedofilia y ocultamiento según el párroco Dabezies”

De aquí surge que Brecha presenta los casos de pedofilia en el clero como un factor que cuestiona la verdad o validez de la fe católica.

Más aún, la sección de la revista que incluye el artículo de Daniel Vidart comienza en la página 9 con una gran imagen de Galileo frente a la inquisición romana, debajo de la cual figuran los siguientes títulos:
“A propósito de Semana Santa
La resurrección del debate”

¿Cuál es el debate que Brecha quiere resucitar? No parece que sea el caso Galileo. Al parecer se trata de reabrir una suerte de proceso global contra la Iglesia Católica y de poner en duda el núcleo mismo de la religión católica.

El juicio entablado por Brecha no sigue las reglas del debido proceso, ya que sólo se escucha la voz acusadora del fiscal, no la de ningún abogado defensor. La inclusión de un artículo de un sacerdote católico no es un signo de real ecuanimidad, por dos razones muy poderosas:
· Ante todo, porque Brecha dio a Vidart cuatro veces más espacio que al Padre Dabezies.
· Sobre todo, porque Brecha pidió a Dabezies que tratara un tema puntual (la pedofilia en el clero), sin permitirle defender la fe católica de los múltiples y graves ataques planteados por Vidart.

Uno se pregunta por qué Brecha se embarcó en una campaña de este tipo, y justo en Semana Santa, contra la religión mayoritaria del pueblo uruguayo. Difícilmente cualquier medio de prensa uruguayo daría un tratamiento similar (tan inexacto y agresivo, tan falto de comprensión, aprecio y simpatía) a ninguna otra religión, a ninguna gran corriente filosófica o política. ¿Por qué entonces se hace una excepción con el catolicismo? Tendemos a pensar que tienen razón los académicos que han llegado a la conclusión de que el anticatolicismo es “el último prejuicio aceptable”, sobre todo (aunque no exclusivamente) en amplios sectores de la izquierda.

7 comentarios:

Pedro dijo...

Felicito a los autores por su trabajo de prolija refutación de los errores de Brecha y el Sr. Vidart. Los felicito también por el contraste en el tono: A la soberbia, falta de respeto y agresividad del Sr. Vidart, responden con razonamientos y serenidad.

Victoria dijo...

La Verdad sólo se puede refutar con mentiras y medias verdades.
Siempre hacen lo mismo. Parece que no se cansan.
Nosotros tampoco de vivir en la Verdad, que es nuestra Fe Católica.

Maria Verona dijo...

Excelente argumentación. Impecable, amorosa pero desapasionada, y muy digna. La verdad como decía San Pio X, las características de la Iglesia son Una Santa Catolica Apóstolica. pero el Santo Padre agergó uno más: PERSEGUIDA. y será así hasta el fin de los tiempos. Allí muchos Vidart se van a llevar un gran susto... Felicitaciones al autor!

socialcristiano dijo...

NOTABLE, PERO NO HAY PEOR SORDO QUE EL QUE NO QUIERE OIR. QUE DIOS LO PERDONE POR EL MAL QUE HACE VIDART A LOS MAS SENCILLOS. ATTE. CARLOS ALVAREZ COZZI

Rodrigo dijo...

Coincido con todos. Impecable desarrollo.
Espero que Vidart y tantisimos otros, que mas que un susto, sean sorprendidos por el Abrazo amoroso del Señor que hace estallar en lágrimas de profundo arrepentimiento y amor.

Anónimo dijo...

De un sólo plumazo responden a izquierdistas, ateos y católicos ultraprogresistas.

Para contribuir a divulgarlo lo he publicado en mi blog: http://aguavivammix.blogspot.com/2010/04/respuesta-articulo-de-revista-de.html



Saludos

Beatriz

Martín García dijo...

Daniel, Néstor: gracias por defender la fe de los pequeños. Ojalá que los mismos medios que ofrecen su espacio y su dinero para que la Iglesia sea insultada den un justo lugar a las réplicas. Esta, en particular, es una lección de apologética católica, tan necesaria en nuestros días y particularmente en Uruguay. No dejemos de orar para que en este Tiempo Pascual Dios dé el don de la conversión a los enemigos de la fe. El Señor, que sigue obrando maravillas, ilumine el corazón de quienes habitan en tinieblas y en sombra de muerte.